¿Revolución, nacional etnicismo, neo-fascismo?
El proceso político que vive Venezuela suscita, ante todo, perplejidad.
Artefacto genuino del barroco caribeño, su ámbito se orienta, más bien,
hacia lo imaginario: de allí la dificultad de definirlo.
Un país caribeño y petrolero, una tradición de caudillos militares, una
peculiar complicidad simbiótica[1] entre civiles y militares; la influencia
ejercida por un sociólogo neo-fascista argentino sobre el líder de la
"revolución bolivariana", la relación de ensimismamiento afectivo de éste
con el líder cubano, el culto a Bolívar con rasgos de neurosis obsesiva[2]
que se le inculca a los venezolanos desde el vientre de la madre, - todo
ello en un marco de crisis económica - constituyen la amalgama que le da
sustento al proyecto político venezolano. Sus rasgos más notables,
ateniéndonos a las definiciones académicas admitidas, nos inducen a
caracterizar el proceso "bolivariano" como un Ersatz de nacional
populismo-etnicista con rasgos neo-fascistas. Quienes temían la instauración
de un régimen "comunista a la cubana" pueden tranquilizarse, aunque tal vez
sea aún más preocupante la manera como percibe el líder venezolano la
instauración de su proyecto continental.
Si nos atenemos a la caracterización de uno de los máximos exponentes del
fenómeno, Robert O. Paxton[3], el carácter nacional populista con rasgos neo
fascistas del proyecto que propone Hugo Chávez no debería dejar dudas. Según
este autor, muchas de las ideas que integran el pensamiento del fascismo son
producto de afectos y de sentimientos viscerales, a los que él llama
"pasiones movilizadoras" y que surgen cuando existen los siguientes
factores: 1) la aparición de una crisis para la cual no se percibe una
solución a corto plazo; 2) la preeminencia de un grupo ante el cual los
deberes de cada uno y la subordinación del individuo, son superiores que los
de los derechos individuales o universales ante el grupo; 3) la creencia de
que la condición de víctima justifica toda acción, sin límites legales o
morales, llevada a cabo contra los enemigos internos o externos; 4) el temor
a la decadencia del grupo bajo los efectos corrosivos del liberalismo
individualista; 5) la necesidad de una integración más estrecha, de una
comunidad más pura, si es posible por consentimiento, o mediante la
violencia si es necesario; 6) la autoridad ejercida por jefes naturales,
culminando con la jefatura de un super jefe nacional, el único capaz de
encarnar el destino histórico del grupo; 7) la superioridad de los instintos
del jefe sobre la razón abstracta y universal; 8) el culto a la violencia y
la eficacia de la voluntad cuando están destinadas al éxito del grupo y, 9)
el derecho del pueblo elegido a dominar a los demás sin tomar en cuenta
otras leyes, divinas o humanas, que no sea la de la ley decidida bajo el
criterio de los éxitos del grupo dentro de un combate darwiniano. Estos
elementos conducen al autor a definir el fascismo como una forma de
comportamiento político caracterizado por una preocupación obsesiva basada
en la certeza de un descalabro de la sociedad, producto de las humillaciones
que le han infligido y la han convertida en víctima, y por un culto
compensatorio de la unidad, de la energía y de la pureza del pueblo, el
abandono de las libertades democráticas y la aplicación de la violencia
redentora. Y gracias a la ausencia de límites éticos o legales, se persigue
el doble objetivo de limpieza interna y de expansión externa.
En cuanto al populismo, Pierre-André Taguief[4] opina que éste no se
sustenta sobre una verdadera ideología. El populismo consiste en un estilo
político que se sustenta en la comunicación con el pueblo, el culto de la
defensa del pueblo, y es compatible con todas las ideologías políticas:
liberalismo, nacionalismo, socialismo, fascismo, anarquismo, etc. El estilo
populista es inseparable de la orientación etno nacionalista, acompañado de
una reacción identitaria o de una identidad colectiva que debe ser
protegida. Hoy la seducción y la manipulación del populismo se ven
multiplicadas por la presencia masiva de los medios, que ha generado un
"tele-populismo"[5], aboliendo las mediaciones institucionales, practicando
una "política anti política", una "seudo política del ensueño y del
instante, de la realización de los deseos sin mediación". La acción del
populista se ve favorecida en las sociedades, como la venezolana, de
"satisfacción inmediata"; de ahí el éxito de la "magia política" del líder
que hace creer que hará cambiar la situación mediante la "magia de su
palabra".
Si bien la experiencia de Hugo Chávez se inscribe en la tradición venezolana
del autócrata militar, y se nutre de la no menos peculiar tradición del
país, la "simbiosis civil-militar"[6], en tanto que gobernante, su estilo,
su manera de proyectarse como líder político, su manera de concebir la
organización del Estado, revisten rasgos de los definidos por Paxton y
Taguief y son producto, principalmente, de dos influencias que a la larga
han resultado complementarias: primero, la del neofascista argentino
Norberto Ceresole[7]; luego, la de Fidel Castro. Pese a su aparente
incompatibilidad, en el caso venezolano ambas influencias han llegado a ser
complementarias y conforman el sustento ideológico del chavismo, que bien
podríamos considerar como una síntesis o pensamiento político mestizo.[8]
La influencia neo-fascista
Del argentino Norberto Ceresole, Chávez toma la idea de la
preeminencia del líder único y su relación con el "pueblo" sin mediación de
partido y el papel primordial de las Fuerzas Armadas como sustento del
poder. La vertiente internacional debe orientarse hacia un eje de poder
latinoamericano cuya cabeza revolucionaria sería el propio Chávez, que
confluiría con otros ejes de poder mundial, en particular con los países del
Oriente Medio[9]. Este esquema debería dar lugar a la constitución de una
multi polaridad que, según Ceresole, se enfrentaría a Estados Unidos y a
Israel. En el proyecto de Ceresole, la culminación de este proceso debería
concluir con el renacimiento del proyecto acariciado por la Alemania nazi.
El proyecto propiamente latinoamericano que sedujo a Chávez, según sus
propias palabras, consiste en la "integración física de Sudamérica por
dentro, puesto que los mares pertenecen a los imperios". "Por dentro"
significaría unir la Cuenca del Plata con la Cuenca del Amazonas y con la
del Orinoco. La integración se haría a lo largo de tres países: Venezuela,
Brasil y Argentina, desembocando en una Confederación de Estados
Latinoamericanos, incluso en lo militar[10]. La idea central del proyecto
radica en el otorgamiento a las fuerzas armadas de las riendas del
desarrollo económico, social y político, además de detentar las riendas de
la defensa y de la seguridad del continente. Ello significaría la
institucionalización de Estados regidos por las fuerzas armadas, lo que ya
es, de hecho, el caso de Venezuela y, en particular, el de Cuba. En el marco
de este esquema, el requisito de las democracias modernas de supeditar las
Fuerzas Armadas a la autoridad de los civiles, se convierte para América
Latina en una utopía inalcanzable.
El castrismo
El empeño del castrismo de atraer a Venezuela a su proyecto internacional,
no es un dato reciente. El viaje de Fidel Castro a Caracas el 23 de enero de
1959, los discursos que entonces pronunciara, y el período guerrillero
auspiciado por Cuba durante los años sesenta, lo demostraron ampliamente.
Casi medio siglo después se cumple el sueño largamente abrigado por Castro y
tantas veces interrumpido, de lograr la fusión entre la visión megalómana
continental de Bolívar y la mesiánica-nacionalista de Martí. La ratificación
de Hugo Chávez en la presidencia de la República tras el resultado del
Referéndum revocatorio le otorga la legitimidad que necesitaba para
proseguir su proyecto bolivariano y continental en condiciones
excepcionales, tanto geopolíticas como financieras. La dependencia
energética de la economía de los países desarrollados con los países
productores de petróleo juega de manera decisiva en este sentido. A ello se
debe agregar, la cooperación que -atendiendo a la "inevitable asimilación de
formas imperiales"[11] practicada por Cuba en el continente- le brinda el
estamento lenino-estalinista cubano, el cual, tras haber impuesto, en los
años 70, la teoría del foco como vía única de acceso al poder, se ha
adaptado a la tendencia institucional y jurídica de la época, dejando atrás
el dogma de la lucha armada, y admitiendo que en América Latina (exceptuando
a Cuba) se cumpla con el requisito del acceso al poder por vías legales, lo
que nos pone ante el surgimiento de un nuevo tipo de totalitarismo
institucional (no se debe olvidar que Hitler ganó las elecciones en
Alemania) que se complementa con el poder vitalicio, condición de ese modelo
gobierno.[12]
Si bien la idea de proyección internacional mediante el establecimiento de
alianzas con países afines en materia económica (los países árabes como
productores de petróleo) le fue inculcada a Chávez por Ceresole, el asumir
de manera práctica el carácter vitalicio y la dimensión internacional de su
proyecto es, sin lugar a dudas, una consecuencia de su relación con Fidel
Castro. Esa relación de identificación mimética con el viejo caudillo y el
"mar de felicidad" (nombre que Chávez da a la Revolución Cubana) han
orientado el proyecto chavista hacia derroteros que ningún venezolano, aun
el militar más megalómano e identificado con la pasión bolivariana, se
hubiese atrevido a poner en práctica. Chávez ha hecho suyos los dos rasgos
más característicos del castrismo:
1) Al igual que Hitler, Mussolini, y Fidel Castro, Hugo Chávez supo
desde temprano que debía, ante todo, hacerse de una fama personal,
forjándose una leyenda que contara con un aspecto ético-dogmático, basada en
la preeminencia de la búsqueda de un destino absoluto. A partir de una
versión sesgada de la historia nacional, Chávez asume que está predestinado
a cumplir con la misión de completar las agendas dejadas inconclusas por los
héroes históricos y corregir otras, supuestamente incumplidas por los que
han traicionado a la patria.
2) Corregir los males que padece la historia en el conjunto de los
países latino-americanos, lo que lo obliga a darle un carácter internacional
a su proyecto político. La internacionalización del proyecto bolivariano
está a la orden del día, como lo estuvo en los años 60 la dinámica
revolucionaria encarnada por Ernesto "Che" Guevara.
Independientemente de si hubo fraude o no, el resultado del referendo
revocatorio celebrado el pasado 15 de agosto en Venezuela cancela la
expectativa de ver declinar la influencia del castrismo con la desaparición
de quien lo encarna: el Ave Fénix renaciendo de sus cenizas es una de las
metáforas preferidas de Fidel Castro, siempre alerta ante las apuestas del
futuro y de la historia.
El etno nacionalismo y el intelectual orgánico
El sustento teórico del aspecto étnico-nacionalista se le confió
a la historiadora Margarita López Maya en su inusitada intervención con
motivo del reconocimiento en la Asamblea Nacional de la ratificación del
presidente tras el referendo pasado. Tras el agotador proceso del referendo
revocatorio, el llamado a la reconciliación contenido en el discurso de la
historiadora, hubiera podido hacer creer en la voluntad de una verdadera
disposición al diálogo por parte del gobierno, de no haber invalidado la
propia historiadora y en el mismo discurso, la opción que estaba
proponiendo, al presentar el conflicto que golpea hoy a Venezuela como un
enfrentamiento racial y no como el enfrentamiento de una parte importante de
la población contra un proyecto de gobierno antidemocrático con rasgos, cada
vez más claros, de vocación totalitaria. Bajo la fachada de un supuesto
academicismo con el cual pretendió disimular su pertenencia partidista, la
historiadora no hizo más que viabilizar la versión ideológica sobre la cual
se asienta el régimen y busca eternizarse en el poder. La existencia de la
Venezuela rota en dos mitades: "una que ostenta un imaginario occidental y
moderno fundamentalmente blanco anglosajón, cosmopolitas ciudadanos del
mundo, la otra, llena de ancestros mestizos y mulatos, plenos de diversidad
cultural y pobreza", es una visión caricaturesca que forma parte de la
relectura de la historia ya aludida, técnica en la que el régimen ha
demostrado una rara perspicacia. Y como bien lo señala la socióloga, María
Sol Pérez Schael, abogar por la convivencia entre los venezolanos, como lo
pretende la historiadora, cuando define la confrontación en términos
raciales, el conflicto parece insuperable, puesto que no depende de la
voluntad individual modificar el color de la piel. [13]Su análisis no se
sustenta sobre ninguna base sociológica y, como bien lo señala el sociólogo
Oswaldo Barreto[14], la bipolaridad que enfrenta hoy la sociedad venezolana,
no debe buscarse en el color de la piel y en los rasgos raciales, sino en
las mitades en las que se divide Venezuela: una mitad es chavista y la otra
antichavista. En Venezuela resalta un hecho: "es el país de América Latina
donde las especificidades de los diversos grupos étnicos han ido
desapareciendo en aras de la formación de un tronco común". "No existen
profesiones, sitios geográficos, actividades culturales, creencias o
religiones que sean exclusivas de una determinada etnia". "Tampoco hay una
oligarquía con poder y conciencia de clase como la hay en Chile, Colombia",
y yo agregaría también el Perú. Cabría preguntarse si la composición étnica
y de clase de los diferentes gabinetes que han conformado el gobierno desde
que Chávez es presidente es diferente de los anteriores gobiernos, apunta
Barreto. Hay un hecho cierto: el único verdadero oligarca que ha ocupado la
presidencia del país es Simón Bolívar. La razón del apoyo de los pobres a
Chávez está vinculada a las misiones, las dádivas, la efectividad con la que
ha repartido los petrodólares y no tanto a que se sientan representados en
"el discurso clasista y revanchista del presidente". La fractura del mundo
en dos la ha forjado Chávez con sus discursos excluyentes e insultantes y la
distribución de los dineros públicos entre los desposeídos en aras de la
"satisfacción inmediata" para obtener dividendos electorales y políticos,
pero no para superar a largo plazo las causas reales de la marginación y la
pobreza.
Y como bien apunta la escritora y periodista Milagros
Socorro[15], el discurso de la historiadora parece más construido para
ocultar que para revelar, pues elude un hecho primordial que es el de la
corrupción: el inveterado asalto al tesoro nacional. Si bien en el pasado
fue escandalosa, y es ella la madre de todos los males en Venezuela (y no el
origen racial, como la historiadora pretende), con el régimen actual la
corrupción ha alcanzado proporciones inauditas.
El discurso de la historiadora López Maya está imbuido del
paternalismo típico de las élites que desconocen cómo piensan y viven los
pobres. De su discurso se desprende la idea de que con los pobres, ingenuos
e infantilizados, se debe ser condescendiente. Significa implantar una
pobreza subsidiada, proveedora de la base social del régimen, mantenida a
voluntad en el umbral de la pobreza, sin poder acceder a un crecimiento
económico propio. Mientras que el petro-estado militar practicará un
capitalismo salvaje a nivel internacional, que dará cabida a una minoría
oligárquica - esta vez verdadera - surgida del seno del bolivarianismo. La
lógica que subyace en su discurso es que los pobres serán pobres para
siempre, y estarán allí, prestos a asegurarle al caudillo la "hegemonía",
palabra que repite más de lo que debería permitirse el autor de una pieza de
oratoria de tal relevancia. Por otro lado, su discurso es también el reflejo
del colonizado, pues la base teórica que lo sustenta es el acatamiento de la
última moda proveniente de los campus norteamericanos, que bajo la
denominación de cultural studies han forjado una visión estrecha, sesgada,
ahistórica y sin base en la realidad, del desarrollo social de los países
latinoamericanos.
Lo más sorprendente en una historiadora de su rango, en su afán
de cumplir con su papel de "intelectual orgánico", es soslayar el tema de la
"pardocracia", a la cual Bolívar le adjudicó una gran relevancia, al
considerarlos responsables de la anarquía que reinaba en el país tras la
guerra de independencia. Los historiadores que han estudiado el fenómeno,
han constatado cómo, tras la independencia, la pardocracia, en lugar de
obliterar el modelo mantuano inicial, lo adoptó y lo perpetuó.[16] Al igual
que hoy, la oligarquía emergente del chavismo, hace suyo el
nuevorriquismo convertido en modelo de comportamiento, característico del
modelo político venezolano, que es concomitante al enriquecimiento veloz
mediante la práctica de la corrupción, convertida en medio para gobernar.
Cabría preguntarle a Margarita López Maya si ella cree que un indígena puede
ser cosmopolita, pues existe un verdadero mercado común del contrabando,
entre Estados Unidos, e incluso Europa, y América Latina, y no son
precisamente las "élites blancas occidentalizadas" quienes lo practican.
¿Qué nombre darle a esa versión de la mundialización? ¿Puede acaso un mulato
o un indígena participar de la mundialización? ¿Cómo catalogar a los miles
de indígenas y otros mestizos que se mueven entre Estados Unidos y América
Central?
Conclusión
La tradición latinoamericana del caudillismo militar, de la relación sin
intermediario institucional entre el caudillo y el pueblo, se compagina más
con el fascismo que con la tradición comunista del partido bolchevique. El
resultado de la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría, detuvieron la
influencia fascista en América Latina. Más tarde, el castrismo se apoyó en
la URSS y en el comunismo porque "no deseaba permanecer ingrávido en plena
Guerra Fría"[17], pero comparte muchos rasgos con el fascismo. Cabe
preguntarse si en América Latina no sería posible el rebrote de un
movimiento fascista que seduzca a los ejércitos latinoamericanos que hoy se
sienten traicionados por Estados Unidos después de haber prestado una
colaboración activa en la victoria de la Guerra Fría, al aparecer como los
grandes culpables de las violaciones de los derechos humanos, mientras los
norteamericanos entregan las pruebas contra ellos y son eximidos de toda
culpa.
Si en Venezuela, la fase militar del proyecto bolivariano parece estar
todavía en sus preliminares, ya se dispone de las premisas ideológicas que
sustentarían su legitimidad :
1- Un enemigo interno definido: "los blancos de cultura anglo-sajona".
2- Un enemigo externo: no sería Estados Unidos sino Colombia, dados los
reiterados ataques de Chávez contra la "oligarquía colombiana" y contra el
Plan Colombia (el enemigo), su simpatía manifiesta por las guerrillas (el
aliado) y la existencia de un litigio fronterizo (el escenario bélico). La
carrera armamentista en la cual se encuentra empeñada Venezuela, subraya
esta posibilidad, y no permite descartar la aparición de un foco bélico
regional susceptible de convertirse en un enfrenamiento de alta intensidad.
martes, 12 de diciembre de 2006
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